sábado, noviembre 26, 2005

Tres días después

Por Yara Liceaga
Colaboración de Resultados Severina para Ohdiosas

A GRG


Comenzaban a sangrarle las muñecas. Como al principio la alimentaban como si fuera una niñita, sus fuerzas habían comenzado a minar al punto de sostener la cabeza en alto solo por costumbre. Dormía en aquella silla, a la cual estaba atada. Comía y le desparramaban agua por los labios, para que ella se relamiera igual que un perro. A veces era jugo, otras, cuando estaban decididos a mortificarle la existencia, cerveza. Una semana era suficiente para reconocer que Gustavo y Nicolás decidían las cosas allí. Ella tendría que acatar las directrices.

La muñecas le dolían porque no soportaba el olor que expedían su ropa y su piel, y había intentado zafarse, tarea que le fue inútil. Una semana sin levantarse a nada. Estaba atada a la silla por las piernas, y las manos amarradas por detrás del espaldar. En aquel sótano las ratas jugaban con sus dedos y se trepaban hasta sus muslos. Le comían partes del mahón, que de no ser tan ajustado como era, hubiese permitido que entraran a morder sus genitales. Estaba convencida de que las ratas eso querían, y se había programado a pensar que sus lomos peludos no le producían risa cuando rozaban su abdomen o su cintura.

Cuando Nicolás, que era quien le llevaba la comida, entraba y prendía la luz, siempre espantaba las sabandijas de la cara de Wanda con unos sonidos que parecerían que animaban a un infante a voltearse en la cama. Mientras, las alimañas caminaban por el cuello y subían hasta meterse entre su pelo. A veces, algunas cucarachas le entraban al oído (momentos en que ella sacudía con fuerza la cabeza y gritaba como si su pecho fuera una muralla orgánica que se comprimiera para propulsar un aullido que forzara las paredes a no absorber el ímpetu de su voz).

Era inútil, Gustavo sabía que de allí no saldría ni un suspiro. El sótano estaba preparado por él y por Nicolás para que no saliera ni siquiera el recuerdo de un bisbiseo por la puerta para afuera, reforzada para retener el sonido.

-Hoy vas a morir- pronunció Gustavo, agarrándose, apretando con movimientos cada vez más pronunciados el tiro del pantalón. Le escupió la cara. Volvió a escupírsela. A la cuarta vez ella respondió escupiéndole una cigarra que llevaba en su boca hacía unos minutos, y que le había hecho producir tanta saliva que ahora se derramaba por la camisa hedionda y maltrecha. Le llegó a dar sobre el bolsillo de la camiseta, y quedó pegado como un broche grotesco y baboso.

-Ni para escupir sirve ésta- voceó Nicolás que entró abruptamente, justo en el momento en que Wanda le escupía el animalillo a Gustavo. Los dos rieron comos si estuviesen en una reunión de amistades que se reencuentran para restregarse los triunfos en la cara.

Wanda conocía demasiado bien a Nicolás y a Gustavo como para entender desde el primer día encerrada que moriría de la peor forma. Tres días después de habérselos tirado, había recibido frente a la puerta de su casa una lengua de vaca cosida a unos testículos de toro, adornado por heces de ternera, según él le informara cuándo ella lo confrontó, y un pedacito de felpa rojo simulando un corazón mal recortado sostenido por tachuelas. Lo había situado entre la lengua y el testículo, de manera que parecía que era el corazón lo que los ataba.

Esa creatividad la desquició. Sabía que Nicolás estaba al tanto de Gustavo, y Gustavo no tenía duda de que también Wanda se acostaba con Nicolás. Por eso, el obsequio, lejos de parecerle desagradable, le fascinó.

A ellos esa fascinación les importaba poco. Habían decidido que sería ella con quien probarían primero. Después, no escatimarían en género, raza, edad, ni mucho menos posición social o religión perteneciente. Tomarían cuerpos, eso era todo. Cuerpos en situaciones extremas, eso les gustaba. –Cuerpos en Situaciones Extremas, así con mayúsculas todas, así yo comenzaría el programa, que tu creej Wandi, ¿te atreves a ser nuestra primera participante?- le dijo Gustavo, acercando la pistola de Gotcha al hombro derecho de Wanda.

Ella miró a Gustavo derrotada, aunque él interpretó esa mirada como un desafío y disparó. Una mancha verde se esparcía como un moretón vegetal que explotara y botara su color. Wanda no sintió su brazo, pero el brazo seguía ahí. –Oye, qué pasaría si le tiramos una de color chinita al estómago, tu crees que vomite, déjame a mí Gus, me toca ahora- exigió Nicolás, que, cambió el color de las bolitas y apuntó al estomago de Wanda.

Cuando disparó, Wanda devolvió lo único que le quedaba en el estómago: bilis. Mientras Nicolás y Gustavo reían desternillados, Wanda se preguntaba qué cosas les haría, si lograse escapar de ese juego perverso en que la tenían encerrada. Un juego, es un juego solamente, se repetía como un mantra, y comenzó a reír también. La risa se le ahogaba en la saliva con bilis que le salía hasta por la nariz.

Como los movimientos eran un poco bruscos, Nicolás y Gustavo pensaron que Wanda estaba convulsando, y les pareció maravilloso. Se felicitaron uno al otro, y comenzaron a describir la escena tal y como hubiesen hecho en un programa televisivo, que era el fin o el norte de la idea de Cuerpos en Situaciones Extremas.

Notaron que no eran convulsiones, sino Wanda, echando al aire carcajadas como besos al público.

Nicolás fue el primero en demostrar su enfurecimiento. –Tu quieres reírte, cabrona, ríete ahora- gritó Nicolás agarrando unas tijeras y cortándole un pedacito de oreja a Wanda, que, a pesar del dolor insoportable y las lágrimas involuntarias, reía aún más fuerte. Wanda no paraba de reír, mientras de su oreja manaba una viscosidad bermeja que bañaba su cuello.

Gustavo, más perverso aún, se bajó a sobarle las piernas. Le subió los mahones hasta las rodillas. Tomó un lápiz mecánico en la mano, y le sacó la puntita. Con el lápiz, comenzó a hacerle boquetitos a las piernas, rápido a veces, lento otras, dependiendo de la risa de Wanda. Pero ella no paraba de reír.

Aunque apestaba a orín y a mierda, Gustavo y Nicolás encontraban a Wanda atractiva, siempre. –Te suelto si me lo mamas- propuso Gustavo al ver que ella seguía muriéndose de la risa. Ella no hablaba, solo vomitaba entre risa y risa unos líquidos que Nicolás ni Gustavo sabían qué demonios eran. La agarró por el pelo. Salieron volando tres cucarachas que se pegaron de la puerta.

Nicolás, se abrió la bragueta antes de que Gustavo terminara de sacar su mano del pelo de Wanda. –No, cabrón, yo primero, fui yo el de la idea- dijo Gustavo como si la presa fuera Nicolás en su ansia depredadora.

–Mere, cabrón, estate tranquilo, que tú sabes que quien tuvo la idea de traerla fui yo, así que quítate- respondió Nicolás, furibundo.

-¿Y ésta es tu casa, cabrón? ¡‘Tate quieto, cabrón!- contestó Gustavo, asestándole un golpe con el puño en la cara a Nicolás.

-Mere, mamabicho, estate quieto tu hijueputa- gritó Nicolás reponiéndose y brincándole encima a Gustavo al mismo tiempo.

Cayeron al piso. Aplastaron una rata que chilló, y su estridencia se confundió con el falsetto en que se había convertido la risa de Wanda. Con el lápiz, Gustavo logró explotarle un ojo a Nicolás. Esto fue lo único que detuvo la risa de Wanda, porque le cayó sangre a la boca, del ojo de Nicolás. Como el arma de Gotcha estaba cerca, en un momento de descontrol, Nicolas logró agarrarla, y con la fuerza de un desquiciado le dio tantas veces a Gustavo que su cara quedó irreconocible.

Estaba muerto. Nicolás gritaba, mientras las ratas corrían de un lugar a otro de la habitación. Wanda había quedado lela, babeando y sangrando la camisa.

-¡Wanda, puñeta, ayúdame, que se me está nublando todo, siento que se me va el aire, ayúdame coño!- chillaba Nicolás, que le movía la pierna sangrante a Wanda, pero ella no reaccionaba.

De tanto moverse Wanda sintió la soga que le ataba las manos ceder. Eso la trajo en sí. Nicolás parecía un loco revolcándose por el suelo, arañándose la cara, tirando patadas que de vez en cuando le daban en el torso a Gustavo.

Wanda con parsimonia, sin quejarse, se fue soltando las amarras poco a poco. Miraba a Nicolás con cierta ternura. Cuando pudo levantarse se desplomó. Muy lentamente se volvió a incorporar.

-Ustedes no saben jugar, se supone que nadie muriera, ésa era la condición, estúpido- profirió Wanda como un niño cruel que empuja a otro al que le dice feo frente a todos. – Por la broma del la lengua pegada a los cojones pensé que ustedes sabrían hacerlo bien, pero ya veo que son unos imbéciles.

Los miró con una sonrisa sardónica, junto saliva en su boca, y dejó caer una gota robusta sobre Nicolás, que había parado de moverse. Ella sí sabía que él era hemofílico.

Cerró la puerta a sus espaldas, y salió como pudo.

2 comentarios:

  1. Anónimo3:47 p.m.

    increible, casi vomito, eso es bueno no? avefenix

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  2. Anónimo6:55 p.m.

    gracias por provocarme, lo necesitaba, mañana estreno: testimonio de cuacaracha, sole

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