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domingo, agosto 23, 2009

FORO ROMANO


todas las mañanas cuando me despierto
el sol arde fijo en el cielo
el café con leche humea en la cocina
yo le pregunto a quien me acompaña
¿cuántas horas he dormido?
pero nadie me responde

abro los ojos y los brazos buscando un apoyo
toco mi mesa de madera y la noche cae con violencia
un relámpago apaga la luz del sol
como la luz de una vela
vuelvo a preguntar
¿el café con leche de hace siglos humea aún en el polvo?
pero nadie me responde

en la oscuridad me levanto y lo bebo
pero compruebo que la leche está helada
y el café encendido yace como el petróleo
a varios kilómetros bajo tierra:
una silenciosa columna se desploma entre mis brazos
convertida en cenizas
bruscamente el sol vuelve a elevarse
y a declinar rápidamente
en una tempestad de hojas y pájaros rojizos
dentro de mi habitación el crepúsculo brilla un instante
con sus cuatro sillas de oro en las esquinas
trato de recordar mi infancia con las manos
dibujo árboles y pájaros en el aire como un idiota
silbo canciones de hace mil años
pero otra columna de cenizas se desploma entre mis brazos
y mis manos caen cubiertas de repentinas arrugas

claramente ahora el agua del lavabo
me recuerda mis primeros baños en el río
vagos rumores desnudez perfumes viento
cerdos empapados bajo la sombra de los naranjos
¿mi memoria es quizás tan inmortal como tu cuerpo
cuando te desnudas ante mí
tú que no eres sino un pedazo de mármol
montaña de polvo
columna
reloj de ceniza
hueso sobre hueso que el tiempo avienta en mis ojos?
¿no recuerdo acaso las últimas horas de la noche
cuando te besaba enfurecido sobre mi catre de hierro
como si besara un cadáver?
yo le pregunto a quien me acompaña
amor mío velocísimo
¿cuánto tiempo ha pasado desde entonces
cuántas horas
cuántos siglos he dormido sin contemplarte?
pero nadie me responde


Jorge Eduardo Eielson
Perú 1924-2006
En Habitación en Roma, 1967.

martes, junio 23, 2009





Lo que dice Eielson en las notas al calce: poesía y anonimato
En La pasión según Sologuren
Jorge Eduardo Eielson, Perú (1924-2006)


Mi sincero y viejo amor al anonimato no creo que pueda ser desmentido por algunas apariciones a través de los mass-media limeños, latinoamericanos o, más raramente, europeos. Sucede simplemente que una parte de mi existencia, la más frágil y vulnerable, no puede prescindir de su sustento. Aparecer de vez en cuando—como el lobo deja su guarida para buscar alimento—es la única concesión que me permito para poder proseguir mi trabajo. Admiro demasiado a los tejedores de Paracas, Huari o Chancay, o a los ceramistas de Nazca y Chapín, a los escultores Gabón, Baulé o Senufo, a los primitivos sieneses, a los calígrafos zen, a los escultores cicládicos, dóricos y olmeca, a los arquitectos egipcios, a los artistas de Altamira y de Lascaux, a los pintores mayas, chinos o etruscos, porque creo que es sobre todo a ellos que les debemos lo que somos, o sea a nuestros anónimos ancestros, a quienes plasmaron para siempre nuestra verdadera identidad. Es con el auge, cada vez mayor, del culto a la personalidad (que nace sobre todo en Grecia y se difunde en el Renacimiento), al nombre, a la firma, al autor, que comienza la declinación de la creatividad en las artes propiamente dichas. Y si a esta declinación agregamos la más completa comercialización de los objetos artísticos que registra la historia, obra de la sociedad capitalista avanzada, bien se puede decir que la muerte del arte-preconizada por Hegel y sus seguidores-está ya en acto. Las ideas de Walter Benjamín acerca de la difusión-o disolución, de la sensibilidad estética en el ámbito social (arquitectura, design, moda, publicidad, etc.) que sería otra forma, más benigna de la “muerte del arte”, desgraciadamente se han revelado, si no erróneas, imprecisas. En efecto la crisis del design y de la arquitectura contemporánea—que son las columnas mayores de dicha postura— no han hecho sino acelerar un proceso que parece irreversible. En esta situación, defender el anonimato, aunque sea parcialmente, puede ser una modesta contribución a favor del arte, de la poesía, de la verdadera imagen del hombre, antes de su definitiva alienación.


La imagen la tomé prestada del blog de Roberto Orihuela: aquí