Allá en diciembre, antes de la isla y la ciudad
Te fuiste un día soleado como hoy, eso me alegra. Hubiera querido que escribieras un verso que dijese ‘aprendí a coser en Ann Arbor’, pero no dio tiempo con minúsculas. Sí podrías decir que hilaste, en el sentido en que se hilan las ramas a los pájaros; que hilvanaste, como quien sueña a un astrónomo en su naufragio; que tejiste, como quien abriga el frío de los amigos; que urdiste, como una aguja para querer en la distancia; que descosiste, como quien va dejando un hilo para el camino de vuelta.
Me tatuaría la frase ‘I just like to ride my bike with you’ en el ruedo de mi piel para candarme a ti, pero el deseo es una bicicleta con demasiados errores de fábrica.
Dormimos como en esa foto de Lennon abrazando a Yoko el día de su muerte. A veces tú Yoko y yo Lennon, a veces lo contrario, inmortales como una foto, infinitos como una dedicatoria, olvidando que las camas sólo prometen estadísticas. Ahora que te veré pronto (es decir, no hoy en el almuerzo, ni en un escritorio cercano, ni en una esquina del pueblo, ni en el sueño de anoche, sino en un pedazo de tierra con una tapa azul y el cuerpo hecho de humedales salinos) preparo mis labios besando un barquito de papel con un poema amable como tus formas.
Porque eres el libro que dejaste de Juarroz en el escritorio y la nada cuando anochece, lo descubro. Algo te ha transformado. Juarroz y Morabito dejaron unas palabras vagándome en la transparencia de ti que colúmpialo todo. Roberto se mece. Tus nombres me habitan. Eso parece ser también el amor, sembrar nombres para que florezcan en tu ausencia.
Te fuiste un día soleado como hoy, eso me alegra. Hubiera querido que escribieras un verso que dijese ‘aprendí a coser en Ann Arbor’, pero no dio tiempo con minúsculas. Sí podrías decir que hilaste, en el sentido en que se hilan las ramas a los pájaros; que hilvanaste, como quien sueña a un astrónomo en su naufragio; que tejiste, como quien abriga el frío de los amigos; que urdiste, como una aguja para querer en la distancia; que descosiste, como quien va dejando un hilo para el camino de vuelta.
Me tatuaría la frase ‘I just like to ride my bike with you’ en el ruedo de mi piel para candarme a ti, pero el deseo es una bicicleta con demasiados errores de fábrica.
Dormimos como en esa foto de Lennon abrazando a Yoko el día de su muerte. A veces tú Yoko y yo Lennon, a veces lo contrario, inmortales como una foto, infinitos como una dedicatoria, olvidando que las camas sólo prometen estadísticas. Ahora que te veré pronto (es decir, no hoy en el almuerzo, ni en un escritorio cercano, ni en una esquina del pueblo, ni en el sueño de anoche, sino en un pedazo de tierra con una tapa azul y el cuerpo hecho de humedales salinos) preparo mis labios besando un barquito de papel con un poema amable como tus formas.
Porque eres el libro que dejaste de Juarroz en el escritorio y la nada cuando anochece, lo descubro. Algo te ha transformado. Juarroz y Morabito dejaron unas palabras vagándome en la transparencia de ti que colúmpialo todo. Roberto se mece. Tus nombres me habitan. Eso parece ser también el amor, sembrar nombres para que florezcan en tu ausencia.














