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sábado, febrero 24, 2007

Erizos


Úrsula no se pinta a menudo los labios, sino que se los moja en saliva. Para Helena, en cambio, el chasptick es una extensión de su mano. Amarga se unta miel roja, para las úlceras.


-Compramos unos relojes que no sabemos usar-, les contó Helena a sus vecinas. El otro día, Tristán y yo los pusimos en hora a la vez. Fijamos la alarma para eso de las seis de la mañana. Cuando sonó, levanté a Tristán y a la niña, nos vestimos y arreglamos y, al encender la computadora para revisar la temperatuta (no entendemos cómo sucedió), eran las cuatro de la mañana.


Helena miró por la ventana. Estaba sentada en la mesa del comedor, entre ella y la ventana había un florero con margaritas púrpuras, una toronja y tres ceniceros. Amarga y Úrsula, las vecinas de Helena, tenían una plaga de ratones en un armario trasero de la casa. Tras extensas investigaciones de campo, habían elaborado una teoría radactada en capítulos de cómo exterminar a los roedores. El secreto era la mantequilla de maní.

Entonces, qué hicieron, le preguntó Úrsula a Helena, que se enrroscaba en los dedos de la mano izquierda los extremos de la bandana que llevaba puesta, y con los de la derecha se llevaba un cigarillo a la boca. Amarga chasqueba con la punta del pie las losetas grises mientras pensaba en revisar que no hubiera caído en alguna de las trampas otro ratón.

Nos volvimos a acostar, contestó Helena. Pensaba continuar con los detalles, cuando de repente, Amarga se aclaró la garganta y dijo: “La mantequilla de maní no es suficiente”. ¿Cómo dices?, preguntó Úrsula a Helena para retomar la conversación. Amarga y Úrsula llevaban meses discutiendo detalles sobre la aniquilación de los múridos. La última conversación al respecto fue algo similar a ésta:

Úrsula- El género Mus.
Amarga-¿Cómo?
Úrsula-Los ratones pertenecen al género Mus.
Amarga-Estoy cocinando.
Úrsula- Ah, disculpa, pero ahí está la clave.
Amarga-Pélame esta cebolla.

Úrsula, Amarga, Úrsula, Amarga y de vez en cuando Helena. Úrsula añadió: “Hay que untarle mantequilla de maní al salami”.

miércoles, enero 18, 2006

Un completo desconocido


el traje con el que no sueño
nace

Yara Liceaga


i.
Todo terminó en medio de “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan, para ser más exactos, cuando empieza a escucharse la armónica por segunda vez. Durante el resto de la canción, ya no estaban ahí. Desde el pasillo se podían divisar varios objetos que nadie miraba, porque ya todo había terminado. Estos objetos eran un teléfono inalámbrico descolgado, un “Eye and Face Stress Gel”, el “Human Sex Issue” de la revista catalana “Belio:014”, marcado en la página 094, unas llaves y, por último, tres pares de zapatos con plataforma. Nada más.

Ella había bajado las escaleras desde el cuarto piso. Dejaba los zapatos atrás con el aval de sus rodillas, quienes si hubieran podido aplaudir una contra la otra lo hubiesen hecho. Por nada hubiera entrado en el segundo piso de no ser porque se le habían quedado las llaves del portón que daba a la calle. Estaba atrapada en las escaleras del edificio. Además, le dolían las piernas.

La puerta del apartamento 201, en cambio, estaba abierta. Se asomó a la cocina y vio la imagen de Sandy Skoglund, “Radiocative Cats”. Sí. Eso fue lo que vio. Se los digo. Ella no era la misma desde que se fue. Dejó atrás los tres pares de zapatos, las llaves, la revista, el relajante, las azucenas, que es como decir el teléfono inalámbrico, y el resto de la canción. Supo, no como una mujer vestida de verde sino como lo contrario, que eso era lo que hubiera sucedido entre ellos, si ella no lo hubiera zampado todo escaleras abajo, excepto los objetos ya mencionados, que se quedaron a media canción. Así terminaban varias oraciones en su mente, en medio de aquella canción.

Ella pensó en él como en un tronco cayéndose en un bosque sin gente. Se lo imaginó viajando en el vagón de un tren, dormido sobre una montaña de arroz. También creyó verlo caligrafiando los símbolos de ‘boca’ y ‘gente’ y explicando cómo al introducir el símbolo de ‘gente’ dentro del de ‘boca’ se forma el símbolo para ‘prisionero’. “Estoy pensando en chino”. Se los digo, ella ya no era la misma.

La imagen de Skoglund seguía en la cocina del apartamento 201. Ella, en un intento minúsculo de volver a ser aquella que no había bajado las escaleras, se dijo “pero éstos no son los viejitos que viven en este apartamento. Ellos ni siquiera tienen gatos verdes”. Entonces, ya era muy tarde. El viejito estaba a punto de voltear la mirada y los gatos se movían verdes, como si los colores efectivamente fueran circunstanciales de modo. Así fue que comprendió que radioactivo era un color, lo que le hubiera encantado a Wittgenstein, pero ella sabía que era imposible hacérselo saber.

ii.
"Una vez, hacía varios meses, cuando aún usaba zapatos de plataforma a diario, antes de que hubiera distancias aéreas entre mis rodillas y la escalera, me percaté de que algo extraño ocurría detrás de la puerta del apartamento 201. Sin embargo, en aquel entonces, el gel lo aplacaba todo. Siempre que tenía el pequeño temblor detrás del lóbulo de la oreja derecha, sacaba de mi bolso la pomada celestial y me la untaba en los ojos y la cara. Todos mis estreses dejaban de jadear como gato en medio del desierto. Todo se solucionaba milagrosamente y, tal como en la ley de los conjuntos de Russell, todo incluye la preocupación de que algo extraño estuviese pasando en el apartamento 201".


iii.
Él le dijo que ella era como una piedra rodante, una completa desconocida. Todo en medio de aquella canción. Entonces, ella decidió ser así: como la canción completa. Se zampó una piedra rodante por las escaleras, pero sólo llegó hasta el segundo piso, porque dejó las llaves. Hubiera sido la mejor escena escapista de los últimos tiempos, pero se le quedaron las llaves y se abrió la brecha, es decir, la puerta a la dimensión de Skoglund, como un espejo.

Todo comenzó.
Imagen: Radioactive Cats, de Sandy Skoglund
En De Trasmano, semana del 18 al 24 de enero

jueves, diciembre 15, 2005

Cuando estés en el sur, Mauk

"Una esquina alabeada confirmaba el manoseo del fetiche: posiblemente, viajó– Jetta, la estampa religiosa, su esposa por silogismo- en una de las ranuras del maletín de materiales o en el bolsillo de la chaqueta de corte clásico, con fragmentos de su frondosa barba matizando la superficie textil. Ahora la estampa descansa recostada del espejo de la habitación de huéspedes, y el artista debe seguir alineando las herramientas de su aseo, su mejor cara esa tarde calurosa. El peine de hebras de caballo y la peinilla descansan sobre el mueble de caoba, pequeño, de una sola gaveta, y entre la crema, el aceite y los rastrillos de mechones, coloca el vaso de cristal con el dentífrico y el cepillo de dientes.
Colgaba de un hilo una canasta de rejilla con una esponja de mar, para recordar cómo hacía espuma en el arco de su espalda. En ese instante se percata de que no tan sólo la habitación sahumada de olores arábigos, el fetiche y la esponja de mar son como Jetta, sino también el arco del callejón, las ventanas en arco del callejón, el arco de la ventana que da al callejón. Junto a la esponja dejan de ser arcos y son la cimbra de su espalda, una vez y otra".
Texto completo en De Trasmano

domingo, noviembre 06, 2005

Usted, ermitaño




¿No ves
la cortina estremecida,
ese papel revolado
y la soledad frustrada
entre ella y tú por el viento?

Far West, PEDRO SALINAS

Si tomamos por cierto que hay un lago cuyo origen se remonta al zumbido infinito de insectos hemípteros llamados cigarras, podríamos decir que al primero de estos insectos se lo comió un pez por intuición.

Si suponemos que en el medio del lago hay una plataforma flotante de madera y que allí llegó nadando una mujer, tomando todas las precauciones necesarias para que no se le humedeciesen las yemas de los dedos, podemos dar por sentado que esa mujer también lleva consigo una libreta y un lápiz.

Una vez estipuladas estas condiciones, cabe pensar en el resto de la fauna que rodea el lago. Se ha probado que las cigarras se alimentan de otros insectos eternamente rojos, pero mudos, con diez patas, cinco a cada lado. También habitan en los alrededores unas cuantas especies de mamíferos que se comen entre sí, siendo éstos de tamaños similares, estando al final de la cadena alimentaria los insectos eternamente rojos y las semillas de los árboles que circundan el lago. Teniendo clara la existencia de flora, dígase cedros y pinos, es pertinente destacar la edificación de ciertas estructuras humanas cerca del lago, como usted y yo sabemos, vacías.

Sé que debe estar preguntándose si soy yo la mujer que llegó nadando a la plataforma de madera en medio del lago. Eso, audaz ermitaño, es obvio. Sin embargo, no se preocupe, no haré mella en su falta de juicio. He llegado hasta aquí por dos razones: para estar sin usted y para que le sea imposible rastrear mis pisadas, porque nadando no se dejan huellas.

Hay una tercera razón, quizá más importante que las anteriores, por eso no la junto con aquéllas. Cuando una mujer llega nadando a la plataforma flotante en medio del lago, las cigarras macho lo interpretan como un fenómeno de la naturaleza, una especie de eclipse. Así que todas a la misma vez activan el aparato en sus lomos que emite el zumbido infinito con tal ímpetu que consiguen interpretar las partes que le corresponderían al cíclope en una opera inglesa pastoril, para ser más específica, Acis and Galatea de John Gay.

Consideremos que las vibraciones transformadas en la voz de la bestia mecen los risos de la mujer ensordecedoramente. La mujer en la plataforma en medio del lago yace acostada y cada vibración acústica de cigarra penetra en su piel como un beso de cíclope, mientras las cigarras macho en pleno verano emiten ese sonido turbulento y avasallador.

Usted, ermitaño, ¿cuánto sabe de hemípteros? ¿Sabe lo que va a ocurrir? Supongamos que sabe que la mujer llegó al medio del lago huyéndole, pero que en el medio del lago es donde más cerca se siente de usted. ¿Es usted un cíclope? ¿Es usted un personaje de una opera pastoril? ¿Es usted el zumbido de las cigarras infinitas?

El lector sabe que las cigarras que emiten todas a coro un zumbido como un cíclope están prontas a morir y, cuando esto ocurre, está probado que toda el agua del lago se evapora. Cabe suponer que, por intuición, la mujer se dejará comer por el último ermitaño.

sábado, octubre 08, 2005

Mikaela, por los pliegues de Arantza

¿Te he contado de cuando pasaba largos veranos cosiendo vestidos bajo el sol de la playa Mar Chiquita? Mi abuela, quien siempre llevaba un rosario hecho de botones, solía transitar todo el pueblo montada en un caimán que amaestró luego de capturarlo en la laguna Tortuguero. Los comerciantes le guardaban los mejores textiles al mejor precio. Nadie podía competir con una clienta que regateaba montada en un reptil verde con cresta bermeja.

Su hermana Mikaela se encargaba de enrollar los hilos en las bobinas de la máquina. Se dedicaba a esto desde la muerte de su último prometido. Murió electrocutado tras lanzar una colilla sin mirar hacia atrás en el casino del pueblo. Pegado a un cable.

Mikaela era costurera desde mucho antes de que se muriera su primer prometido, quien también falleció, aunque por circunstancias distintas, cayéndose del caballo en el que subía a visitarla al barrio. Había sido éste quien le había conseguido las postales con las pinturas de ese tal Egon Shiele. Según me contaba mi tía abuela mientras leía las cartas en la mesa del comedor forrada con un mantel de plástico y con un jarrón relleno de flores de seda, fue en un muelle del puerto de San Juan donde Isaac le compró a un marino europeo unas valijas forradas de terciopelo floreado. Al dárselas le dijo que bien se las regalaba para que con la pana hiciera uno de sus cotizados corpiños o para que tuviese dónde empacar el lingerie durante la luna de miel.

La habitación de Mikaela parecía empapelada con las láminas de las pinturas de estas mujeres con vestidos puestos, pintadas por el vienés. Las postales las encontró dentro de un sobre lacrado en el interior de la maleta con una dedicatoria que leía: “À Arantza, pour les plis de ta jupe”, firmada por un tal Deleuze. En las ilustraciones se leía claramente la firma del pintor, quien inscribía en una caligrafía de trazos geométricos “EGON SHIELE”. Detrás de alguna de las láminas estaba el nombre completo del pintor y sus fechas: Tull 1890- Viena 1918. Pensó que la vida de un gran pintor no está en las manos de Saturno, y poco después murió su primer prometido, a la edad de 28 años.

Ella antes anhelaba que algún día una de sus creaciones transmitiese la intensidad de los vestidos de las mujeres en el empapelado. Pero, desde que pasó lo del casino, dejó de coser y se concentró en la faena de enrollar los hilos en las bobinas de la máquina.

Recuerdo un incidente con el gato de la Tía Mika, como le decíamos los sobrinos-nietos. Fue justo antes de él morir y poco después de yo nacer. Gateaba por el balcón de la casa a la orilla de la playa, mientras mi abuela cosía en la Singer corroída por el salitre el traje de novia de la hija de una ex monja, rojo con brocado en hilo de oro, cuando me topé con unas grandes, amarillas y brillantes flores de Canario. Quería que el gato se las comiera y para demostrarle al gato lo buenas que estaban me las comí. Cuando mi abuela se volteó a ver qué hacía, salían pétalos de mi boca. Lo siguiente fue mi primer lavado de estómago. Cordones, retazos de telas, cremalleras, rollos de hilos, todos los materiales estaban al amparo de Deleuze, nombre con el cual Mikaela bautizó al gato que mi abuela le obsequió tras la muerte del cuarto de los prometidos difuntos, que también fue el último.

Pensé en mis veranos en la playa tan pronto me dijiste que te estabas quedando ciego. Luego de tantos años de coser sobre la arena blanca vestidos de terciopelo floreado y de hilvanar agujas bajo el candente sol del mediodía, también yo podría perder la vista. Esa extraña enfermedad que padeces parece obra de un genio maligno, si es que efectivamente se van eliminando los colores hasta sólo identificar el azul en las cosas, para luego sucumbir como arrastrado por un golpe de agua.

Inventaremos una forma para que identifiques los óleos en la paleta. Me dices el color y yo te paso el frasco. Incluso podrías hacer tus obras en distintas tonalidades de azul: añiles, plomos, marinos. Hasta que yo también me quede a oscuras. Entonces, oleremos juntos los cromos y ensartaré agujas con el tacto. Lo importante es seguir enhebrando, aunque sea otro quien hilvane.

Inspirado en Standing Woman in Red(1915), Egon Schiele
De Trasmano Claridad.